Sólo es el principio

Este interesante documental de los franceses Pierre Barougier (Nous resterons sur Terre) y Jean-Pierre Pozzi(Dressing Room) muestra los singulares métodos de Pascaline, una profesora del parvulario Jacques Prévert, en Le Mée-sur-Seine, que enseña filosofía a niños de tres y cuatro años. En la misma línea propositiva de otras películas galas sobre la enseñanza —como el documental Ser y tener o las ficciones Hoy empieza todo y La clase—, Solo es el principio propugna un profundo modelo educativo, que ayude a los alumnos a pensar con espíritu crítico sobre los grandes temas desde su más tierna infancia, con el fin de darles recursos intelectuales para sortear las opiniones tópicas, prefabricadas o políticamente correctas. Todo ello, respetando la propia personalidad de cada chaval y contando con la ayuda de sus padres.

A veces resultan tediosas y repetitivas las filmaciones de las clases. Pero se acaban imponiendo las inocentes, espontáneas y emotivas reflexiones de los variopintos chavales —de todos los colores imaginables—, algunas tan divertidas como la de esa niña que señala que estar enamorado es como “tener un corazón en la tripa”. O tan lúcidas como la de aquél chaval que dice que “la libertad es cuando se puede estar un poco solo, respirar un poco y ser bueno”.

El saludable hábito de pensar

Un taller de filosofía para niños, o más bien un extenso programa tutelado por la maestra Pascaline Dogliani con un reducido grupo de chiquillos de 4 y 5 años (o, más preciso, equivalente a los cursos P-4 y P-5) de la escuela infantil Jacques Prêvert, en una pequeña localidad francesa cercana a la capital, es el material de partida de este documental dirigido por Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier, y que llega a las salas españolas dos años después de su realización en 2010 (distancia cronológica apreciable en sus referencias concretas a Nicolas Sarkozy –entonces Presidente de la República, ahora ya no–, breves pero suficientes para detectar las riendas ideológicas que sostienen este apreciable largometraje documental).

Me quedan pocas dudas de que los realizadores del filme (y su montador, Jean Condé) debieron de realizar una titánica tarea de selección del muchísimo material filmado, no sólo para cubrir el extenso arco cronológico –esos dos cursos, un paso del tiempo que los cineastas se interesan por plasmar mediante cortas transiciones recogidas fuera de las clases, a menudo en el patio de la escuela, a veces fuera de ella, para recoger por ejemplo el devenir estacional– sino especialmente para poder contar con la (para mí, asombrosa) naturalidad que Azouaou, Abderhamêne, Louise, Shana, Kyria, Yanis o cualquier otro de los pequeños que intervienen en las sesiones revelan ante las cámaras, hecho que indica –y ése es el hallazgo que en definitiva lo sostiene todo– que el equipo de rodaje se convirtió en invisible para ellos, absorbidos por las (magníficamente trabajadas) dinámicas de la maîtresse, Pascaline Dogliani.

En Ce n’est qu’un debut los testimonios recogidos de los niños tienen felizmente una intención mucho más trascendente que la reacción hilarante que puedan provocar en los adultos sus espontáneas apreciaciones (ya saben de lo que hablo, pues en este país ha sido territorio abonado para muchos programas televisivos, el más famoso de los cuales uno presentado por Javier Sardá años antes de hacerse marciano).

A través de sus entre titubeantes y apasionadas observaciones sobre temas tan poco triviales como el amor, la muerte, las relaciones de poder, la diversidad cultural, las diferencias sociales y (el colofón) el difuso concepto de la libertad, Pozzi y Barougier se sirven entregar un documento que invita al espectador a ejercitar eso mismo que se está educando en los niños, el saludable hábito de pensar.

Pensar en los contextos educacionales (que son los mismos que los nuestros) de donde emergen esas apreciaciones de quienes nunca mienten ni se esconden, los niños; pensar en los motivos coyunturales primeros de esos sentimientos que se abren, especialmente los miedos y las dudas; pensar en la crasa responsabilidad que, como sociedad, estamos obligados a asumir dado el formidable potencial de las mentes más jóvenes (algo que parecería obvio decir si no fuera por las decisiones políticas recientes en nuestro país en materia de educación –y, si quieren, específicamente en educación preescolar e infantil-); pensar en las interminables ventajas de la formación del espíritu y de la tolerancia.Pensar, en fin, qué modelo de sociedad estamos construyendo y en qué modelo cultural viven sumergidas las nuevas generaciones.

Así pues, bajo las fugas de humor y la calidez de la apuesta escenográfica –apuntalada, en las citadas imágenes de transición, con más de una idea lírica y/o simbólica inspirada, como por ejemplo la imagen de aquel ave aleteando sobre la superficie helada de un lago–, certificamos que Ce n’est qu’un debut tiene la sana intención de plantear muchos interrogantes que visten una crítica, tan constructiva como mayúscula, en torno a qué somos y qué queremos ser.Casi nada.

Y, en el mismo renglón que la crítica, un ferviente deseo plasmado a través del motivo visual de esa vela que se enciende cada vez que da inicio una sesión (y se apaga en el último plano de la película): que la luz de la razón (y, lo hemos dicho, la responsabilidad) guíen nuestros pasos, los de todos los agentes educativos, para no perder de vista esas perspectivas yuxtapuestas de pasado, presente y futuro. Porque, como tan bien plasmaba la sensacional película de Bertrand Tavernier, hoy, de nuevo, como siempre, empieza todo.

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