Artículo recomendado: Háblame mucho

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madre e hijo

Los niños necesitan que se les hable. En la década de 1980, los psicólogos infantiles, Betty Hart y Todd R. Risely, realizaron un estudio que vino a mostrar esa verdad. Observaron a un grupo de 42 niños de familias de clase alta, media y baja, y se dieron cuenta de que lo que explicaba las diferencias en la educación no era otra cosa que el número de palabras que los pequeños escuchaban de sus padres, tres veces superior en el caso de los niños de clase alta que en los de familias que recibían ayuda social. Los investigadores concluyeron que el déficit de palabras era la causa de los fracasos posteriores tanto en la escuela como en la vida.

Esta investigación ha sido duramente criticada por entrañar cierto reduccionismo cognitivista, porque en el rendimiento académico de un niño y en su éxito posterior no sólo interviene el número de libros que haya en la familia, la formación de los padres o el número de palabras que emiten los progenitores. Como han puesto de manifiesto investigaciones posteriores, lo más importante para el desarrollo de un niño no es la cantidad de información que recibe durante los primeros años, sino el desarrollo de habilidades metacognitivas, también asimiladas en los primeros años, como son la perseverancia, el autocontrol, la curiosidad, la meticulosidad –la capacidad de atender a los detalles–, la resolución y la autoconfianza, según explica Paul Tough en su libro Cómo triunfan los niños (ver reseña).

Pero hace dos años, el alcalde de la ciudad norteamericana de Providence, Angel Taveras, hijo de inmigrantes de la República Dominicana, se tomó en serio el estudio de Hart y Risely, quienes no sólo se referían a la cantidad de palabras sino a la calidad de la conversación entre padres e hijos. Las familias que hablan mucho también tienen un vocabulario más rico, hablan de más cosas y hacen más preguntas a sus hijos. En fin, el tiempo que pasan con ellos es educativamente más intenso. A Taveras se le ocurrió poner en marcha un programa para cerrar esa “brecha de la palabra” (word gap) que existe entre las familias ricas y pobres: el Providence Talks.

El programa Providence Talks es una forma diferente de ayudar a las familias desfavorecidas. Utiliza un dispositivo digital desarrollado por LENA (Language Environment Analysis) que registra 16 horas de conversación al día y reconoce las palabras de los adultos, las vocalizaciones del niño y los turnos de conversación. Un asistente social muestra los resultados y hace conscientes a los padres de las ganancias en la cantidad y calidad de las conversaciones. Según el portavoz de Providence Talks, Rob Horowitz, “se están viendo ya resultados prometedores: las familias que empezaron con recuentos bajos de palabras están mostrando aumentos de alrededor del cincuenta por ciento en el conteo de palabras diarias y treinta por ciento en turnos de conversación”.

Lejos de sentirse evaluados, los padres se motivan a hablar más con sus hijos, a competir incluso por obtener un mayor registro de palabras, lo cual redunda en el nivel comunicativo de la familia y, a la postre, en la educación de los hijos. Porque para educar es imprescindible la palabra. Los que trabajan en Providence Talks saben que no es la panacea, pues las familias desfavorecidas se enfrentan a muchos otros problemas, como el paro o la falta de recursos, pero no deja de ser una herramienta muy útil que hace que los padres interactúen más con sus hijos y se impliquen más en su educación, aunque su nivel de formación sea bajo. Los niños necesitan que se les hable mucho, no sólo para aumentar sus capacidades cognitivas, sino para adquirir todas esas habilidades que los humanos transmitimos a través del lenguaje.

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